A raíz de este blog, el tema del crowdsourcing (que voy descubriendo poco a poco junto con quien se anima a leerme) se ha instalado en mis conversaciones generando interesantes debates. En la mayoría de ellos, hablando sobre acciones concretas, no falta la pregunta “¿eso es o no es crowdsourcing?”. ¿Qué más da? El crowdsourcing es un término acuñado recientemente cuya importancia no es lo estrictos que seamos aplicando el término sino la filosofía sobre la que se sustenta dicho concepto. De hecho, el crowdsourcing se lleva aplicando desde hace muchísimo tiempo, aún incluso antes de que existiera Internet.

El crowdsourcing no es, como algunos piensan, un concurso de logos para tu empresa o una nueva forma de explotación capitalista encaminada a reducir los costes laborales y, por tanto, favorecer la precariedad laboral. Al menos no es así como yo entiendo el término. El crowdsourcing debe ser entendido como un modelo que confía en el poder de la masa, que apuesta por la innovación acelerada por la multitud, que se da cuenta de que en un grupo anónimo de personas también hay genios o, simplemente, personas con un punto de vista diferente capaz de aportar mejoras brillantes en un proceso.

Esto, como digo, no es nuevo, pero Internet ha hecho que se pueda explotar al máximo, con la creación de enormes redes con infinitas conexiones que facilitan compartir información, aprender los unos de los otros, coordinar grupos de personas. We are in the one.

La filosofía que debe sustentar el crowdsourcing es similar a la que hay detrás del Open Source, o código abierto, utilizado en la programación informática. Y de momento no entraré al debate conceptual entre Open Source y Free Software. El software Open Source es aquel en que su código es público, en el que cualquiera puede obtener copias de los archivos de su código fuente, con el innegable potencial que esto tiene para su desarrollo. Según se explica en Wikipedia: “cuando los programadores pueden leer, modificar y redistribuir el código fuente de un programa, éste evoluciona, se desarrolla y mejora. Los usuarios lo adaptan a sus necesidades, corrigen sus errores a una velocidad impresionante, mayor a la aplicada en el desarrollo de software convencional o cerrado, dando como resultado la producción de un mejor software”.

Hablar de código abierto es, como no, hablar de Linux, pero esto merece al menos un post completo por lo interesante del asunto. Otros ejemplos pueden ser los Firefox y Thunderbird de Mozilla, la solución ofimática OpenOffice, el reproductor multimedia VLC o el popular y polémico BitTorrent. Os recomiendo pasaros por este listado de 30 aplicaciones Open Source imprescindibles.

Un último ejemplo, muy reciente, Maquetta de IBM, con el que pretende ofrecer una alternativa a Adobe Flash y Microsoft Silverlight facilitando la creación de interfaces de usuario y aplicaciones basadas en HTML 5.

Dicho esto, ¿se encuadra el Open Source dentro de la definición que generalmente se viene manejando de crowdsourcing? ¿A quien le importa? A mí por lo menos no, yo me quedo simplemente con lo maravilloso del poder de las masas, de la fuerza de la multitud.

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